Entre otros capítulos acertada y brillantemente titulados que no desvelaremos aquí para que sea el propio lector quien los disfrute, asistiremos como espectadores de lujo al subidón continuo, a las giras multitudinarias y a fiestas plenas de excesos. También a encontronazos con compañeros de profesión como Jorge Martínez de Ilegales y Ramoncín; al ascenso al Olimpo de la mano del genial y mayúsculo “Camino Soria” y los sinsabores que aparecieron para no abandonar a la banda desde la edición de “Privado”, un trabajo con composiciones colosales lastrado por una producción poco afilada, que tuvo su epílogo con “La Culpa fue del Cha-Cha-Chá” y la maldita imitación por parte de Martes y Trece, anuncio inequívoco del comienzo de otra época donde el protagonismo recaería sobre una nueva hornada de bandas, legando a Gabinete a un injusto y progresivo olvido que acabaría con su separación definitiva y la formación de dos bandos antagónicos que rompería dolorosamente y para siempre la amistad de Jaime con Edi y Ferni.
Leer estas páginas es un perfecto recordatorio de la grandeza que atesoraba Gabinete Caligari, una banda de pies a cabeza. Lo tenían todo. Canciones, coherencia y contexto. Actitud inigualable y seriedad formal. Un cantante de voz profunda y lírica personal. Un batería chuleta, ajustado cual metrónomo y auténtico como pocos, capaz de destilar sabor castizo a cada frase y paso. Y un bajista de rostro imperturbable, metódico al extremo y dotado de un bagaje cultural excelso. Ellos fueron los más macarras, arrogantes y altivos; los primeros siniestros y nuestros chicos de oro independientes, antes de que el manoseado término pasara a estar demodé.
Surcaron los cielos del éxito sin renunciar al rock. Fundieron la calidad con el sello comercial. Aceptando el descenso a los infiernos con estoicismo castellano sin flagelarse por ello. Dignos en vida y orgullosos en muerte. Dijeron adiós para no volver nunca y dejaron una huella de lo más profunda, tanto que todavía hoy nadie ha tenido narices a ocupar su trono.Ni qué decir tiene que todo lo que se escriba sobre ellos es poco. Y este “Cómo Perdimos Madrid” no es una excepción, pues es un lúcido y sentido agradecimiento a los más grandes, ajustado con mimo, coherencia y objetividad.
Paso la última página y cierro el libro, mientras resuena un fino swing llamado “Esclavo de tus Pies” y me asalta una dolorosa pregunta, a la par que pienso en el desolador panorama de esta España yerma de talento, pese a estar llena de amagos de artistas precocinados incapaces de vocalizar que hoy representan una cultura decadente, donde hace no tanto cualquier canal televisivo y radiofórmula parecían bañadas en oro: ¿Cómo nos permitimos perder a Gabinete Caligari?

